¿Cuántos kilómetros he rodado hasta este día?
  La carrera por la que tanto he entrenado ha llegado. Es sábado, y mañana me enfrento a la gran competencia. La fecha luce ingente y colosal, sumamente imponente y feroz. Debo confesar que me ha intimidado un poco, saber que mañana es la gran justa. El Maratón ha llegado, y qué bueno que lo ha hecho, porque precisamente a él lo estaba esperando.
  He pasado a casa de Alma, y hemos ido juntos a recoger mi paquete de corredor. ¡Cuánto nerviosismo transita por mi cuerpo! Hemos llegado al hotel sede, y muchas caras ansiosas se atraviesan ante mis ojos. Tantas personas son las que llevan entre sus manos la bolsa violeta, en la cual les han entregado el número que portarán en la competencia, el chip de tiempo, y la camisa conmemorativa del Maratón de los Corredores 2005.
  Alma ha llevado su cámara fotográfica, y ha plasmado bien la cara de impaciencia que aquel día lucí. Entre algunas personas, me he acercado a un mural, donde se encuentran las listas de los competidores. Me busco con intranquilidad, como si no me fuese a encontrar en ellas, pero muy pronto me he localizado:

Jesús Adrián Obregón Rodríguez      271

Ese será el número que portaré en mi abdomen; me agrada esa combinación de dígitos. Me dirijo hacia las mesas, para recoger mi paquete de corredor. Busqué la sección que correspondiera a mi número de competidor, y, finalmente, encuentro a un anciano que, tras haberle presumido mi número, me ha otorgado mi respectiva bolsa violeta. He sacado el papel que portaré en mi blanca camiseta, al día siguiente, y Alma ha tomado una foto de ello. ¡Qué emoción! Lo muestro con mucha expectación, y tanto orgullo.

Hemos llegado a casa. El nerviosismo habita en ambos, pues hemos dicho muy pocas palabras en los últimos minutos. Así, me he dispuesto a colocar el chip en mi zapatilla izquierda, y a asegurar el número en el frente de mi camiseta. Se ve muy bien; luce magnífica.

Hace unos días, Jaime, un maratoniano ya experimentado, viejo conocido para el cual trabajo desde hace un par de años, me ha dado una retahíla de consejos para el gran día. Entre dichos consejos he adoptado algunos. He mandado imprimir mi nombre, Adrián, sobre una tela amarilla, la llevaré justo en el pecho. Sin embargo, no me he detenido ahí solamente, también he mandado imprimir la leyenda "100% Guapo", ésta irá colocada en la espalda. Realmente quiero disfrutar esta carrera, quiero divertirme, y quiero terminarla.

Finalmente, he terminado de colocar las leyendas y el número sobre mi blanca camiseta. Luce increíble. He colgado la blanca y alistada camiseta, y al verla ahí, pendiente de las próximas horas, fiel conocedora de la materia que habrá de empaparla al día siguiente, me siento como un caballero que analiza su armadura bien pulida, o como un duelista que confía pleno en su arma bien engrasada.

Entre los consejos, Jaime me ha dicho que es bueno portar la ropa antes de la competencia; sentir la carrera, "fumarla", saborear la esencia y la magia de este épico trayecto. Pues bien, me he enfundado en la blanca camiseta que ya porta el 271 de la Maratón de los corredores. Qué bien me veo en ella. Sólo la ternura de los brazos de la mujer que me ama es más suave y benigna que el blanco tejido que ahora, lealmente, acaricia mi torso con derretimiento.
  Así, vestido para correr, he calzado mis queridas zapatillas. Fácilmente he rodado ya con ellas más de 700 kilómetros. Esta Maratón será su última competencia; serán coronadas como bien se lo han ganado. He andado por mi casa, sintiendo las zapatillas que al día siguiente habré de utilizar, así como mis calcetas blancas. Siento el calzado, y muevo mi pies de un lado a otro, en giros, y, cuanto más realizo estos movimientos, más nervioso me siento. La mirada de Alma se encuentra atraída por mi organismo; no he volteado hacia ella, pero bien sé que me está observando.

Ha sido una semana muy difícil. Apenas el miércoles anterior me curé de un terrible resfriado que mucho me puso en riesgo de no correr. Me he cuidado tanto de mantener mi temperatura corporal caliente, que probablemente no volveré a enfermar en cinco años. El frío en la ciudad ha sido intenso durante esta semana; no sé qué haré si el clima persiste en su indocilidad. Se pronostican lluvias para el domingo, y una temperatura, por la mañana, no mayor a los ocho centígrados.
  He salido triunfante de la gripa, pero sé que me ha desgastado; espero que no haga mella en mí. Le he dicho a Dios que me auxilie para salir de la enfermedad, y me ha ayudado; no me queda más que agradecerle y suplicarle que, si aun le resta bondad, el próximo domingo, el día de la carrera, nos obsequie un inmejorable día para correr.

Me he vuelto a despojar de mi atuendo de corredor. Ahí está mi blanca camiseta, mi negro pantaloncillo, mis pálidas calcetas, y mis agónicas zapatillas.
  Ya todo está dicho. Ya todo está realizado.
Durante esta semana sólo he corrido diez kilómetros; la gripa me afectó durante la primera mitad. Espero que esto no me pase factura el día de la carrera.
  Ya todo está dicho.
  No importa mucho cuánto haga, ni por cuánto rompa uno de mis mejores tiempos en los entrenamientos. Ya no importa cuánto trate de mejorar; lo hecho, hecho está. No es como en la escuela, el día del examen final, donde lo que puedas leer antes de la prueba será de beneficioso provecho. Aquí ya todo está consumado. Siento a mi cuerpo como una máquina bien afinada, perfectamente engranada. Faltan diez horas para el pistoletazo de salida, he despedido a Alma porque ya es tiempo de tratar de conciliar el sueño. Mañana será un gran día, y será ella, Alma, quién vendrá por mí, y me llevará hasta el Parque Fundidora.

La última vez que miré el reloj de mi buró, indicaba las 10:47 PM. La carrera comenzará a las 7:30 AM; pero pretendo levantarme dos horas antes, por lo menos.
  A las cinco en punto, mis ojos se han abierto. He dormido bien. Me siento bien. Me he levantado de la cama, sin dejar de observar la ropa que habré de vestir.
  Sobre una silla he dejado mi maleta. Ahí llevo crema, una pomada para calentar los músculos, una camiseta seca, mi reloj de muñeca, el teléfono celular y algo de dinero.
  He lavado mi cara con poca conciencia, pues más que nada pienso en la batalla que estoy por enfrentar. Después de lavar minuciosamente mi nariz, he colocado una de esas tiras nasales, que muchos deportistas utilizan para ejercer su profesión; las he utilizado durante las carreras de larga duración y me han sido beneficiosas. Al momento que termino de colocarla, siento perfectamente cómo el aire entra con mayor profundidad hasta mis pulmones. La atmósfera se encuentra repleta de tensión y nerviosismo.
  Sin mayor pérdida de tiempo, he mezclado un huevo en jugo de durazno; no es la primera ocasión que eso representa mi desayuno; espero que me de la suficiente energía.
  El teléfono celular ha sonado, y no es otra persona sino Alma; ya viene en camino. Mi excitación es tal, que ya no soporto más el encierro, de tal manera, he cogido mis cosas, me he lavado los dientes y las manos, y he salido a la calle.
  ¡Increíble! ¡Qué día tan maravilloso! Creo que Dios escuchó la súplica de todos los corredores, y nos ha regalado un día inmejorable, haciendo desacertado el pronóstico que daban en la televisión. Aun está oscuro, pero se puede inferir que tendremos una mañana soleada; no sé cuál es la temperatura, pero no debemos estar muy lejos de los trece o catorce centígrados. Así es, las nubes se han apartado, como si Dios quisiera ver la carrera sin obstáculos visuales. ¡Gracias!

He estado esperando a Alma afuera de la casa, pero aun no llega. La ansiedad es bárbara en mi ser, y no quiero estar ahí parado. De tal manera que me he puesto a trotar ligero, de un lado a otro, sintiéndome dueño de esa calleja. Es aquí, donde está el primer inconveniente: el tobillo derecho comienza a quejarse. Me he quitado la tobillera, y he aplicado un poco de pomada sobre el área afectada; espero que resista. Debe resistir, ha sido un tobillo fuerte durante todos los entrenamientos, y bien que ha rodado por más de 700 kilómetros sólo le estoy pidiendo 42 más.

Finalmente, Alma ha llegado. Su aspecto es el de una persona cansada y desvelada. Ya me ha revelado que la noche anterior no había podido conciliar el dulce sueño, que había descansado muy poco. Yo me encuentro muy concentrado, y estoy poniendo poca atención en los detalles.

A medida que nos vamos acercando a nuestro destino, el Parque Fundidora, mis nervios van en aumento. Ya puedo ver por las calles, la forma en que los abastecimientos de agua se están alistando para saciar la sed de los corredores. Ya veo algunos señalamientos de kilómetros por las calles. Mi nerviosismo se encuentra a tope. Mejor he cambiado el rumbo de mis miradas.

Hemos llegado.

Veo en el estacionamiento a algunos corredores que platican en forma relajada; aun faltan cuarenta y cinco minutos para el pistoletazo inicial.
  Hemos caminado hasta el lugar de salida, que no es otro sino la torre de control en la pista del Parque Fundidora. Ahí puedo ver más corredores, unos que llegan con un paso más rápido que el mío, otros que se ven experimentados, y otros, como yo, que sin duda se encuentran corriendo su primera Maratón.
  Alma ha sacado su cámara, y está filmándome, justo al lado mío; me ha puesto tan nervioso que le he pedido que deje de hacerlo.
  Después de la caminata, finalmente hemos encontrado un lugar adecuado para efectuar los calentamientos y la elongación.
  Heme ahí, retirándome las tobilleras, ajustando las cintas de mis zapatillas, mirando nervioso a mi alrededor, y comenzando lentamente a moverme de un lado para otro. Llevo mi rompevientos amarillo, y me he colocado la caperuza; eso me hace sentir más inmerso en mí mismo. Necesito concentración.
  Comienzan los estiramientos. Algunas personas se han acercado e intercambian palabras conmigo; no lo han dicho, pero debo señalar que lucen tan nerviosos como yo.
  Cuando me he sentido perfectamente listo, a las siete y cuarto, me he retirado los pants, y comienzo a untarme la pomada para el calentamiento de los músculos. He aplicado un poco más en el tobillo derecho, pues siento que se encuentra lastimado; le he vuelto a pedir que resista.
  Ya falta muy poco. Ahora es el turno de la crema. Me he aplicado en la entrepierna, en las axilas, y en las tetillas; no hay nada peor que correr con una rozadura. Probablemente me he puesto más pomada y crema que en toda mi vida, pero creo que es síntoma del nerviosismo.
  Y, siguiendo con el nerviosismo, el llamado de la naturaleza he escuchado. Faltan poco menos de diez minutos para arrancar, y los nervios han traicionado a mi vejiga.
  Saciada la necesidad, he vuelto con Alma. Me he quitado el rompevientos amarillo, y lo confío en las manos de ella. La hora de la verdad ha llegado. Le he besado en los labios, y me ha deseado la mejor de las suertes. Así, me he separado de ella para tomar un lugar dentro de la marea humana que ya espera impaciente la largada.

Me he colocado en la parte trasera del contingente; no pienso llevar un gran paso, por lo tanto no quiero molestar a nadie, colocándome hasta el frente, tapándoles el paso a los líderes de la competencia.
  El nerviosismo ha crecido. Mientras una banda de música, colocada justo a la salida, interpreta algunas notas cívicas, mismas que en conjunto forman una canción nacional que desconozco, yo me encuentro realizando los últimos estiramientos antes de la partida. Efectivamente, pero también estoy hablando con Dios; las súplicas inmediatamente anteriores al inicio de la justa. Le pido que me deje terminar la carrera con bien, y sin mayores complicaciones a las normales y esperables que se presentan después de correr 42,195 kilómetros sin parar.

  Quédate conmigo, Señor.
  No me dejes solo, Señor.
  Señor, corre conmigo, a mi lado.

Repetidamente le digo eso, y comienzo a controlar paulatinamente el nerviosismo, a medida que voy recordando que es mi Pastor, y que con Él nada me falta. Aun estoy realizando mis estiramientos, cuando de pronto he logrado distinguir entre los sonidos el pistoletazo diáfano de la salida; yo ni siquiera me había enterado de que la banda de música se había callado y ahuecado el ala. En fin, eso no importaba, ya me encontraba yo en pleno Maratón.
  Me santiguo apresuradamente, y comienzo a caminar en la misma dirección que lo hace el contingente. Nuestro andar es lento, pero ya me apresto a cruzar la línea de salida; aquí, entonces, procuro realizar el pequeño salto sobre mi pie derecho que siempre acostumbro antes de arrancar el galope.

Todo, ahora, se encuentra atrás. Todo lo entrenado, me refiero. Todo está dicho, el lugar es aquí, y el momento es ahora. Gracias a Dios que me encuentro en el lugar y momento correcto. Quiero agradecerle a Dios corriendo.


Trato de tocar a Alma con la mirada, pero no he logrado encontrarla. Finalmente, he dado con ella, y la saludo con la mayor de mis alegrías, y me entrego entonces a la épica carrera.

Los letreros que llevo en mi blanca camiseta bien pronto han dado resultados. Escucho a los que vienen detrás que se refieren a mí como “El Guapo”, y no ha faltado quien, al rebasarme, haga alguna broma o comentario al respecto.

Apenas comienza la carrera, y por revolución, me ha dado por mirar hacia mi izquierda. No supe por qué lo hice, y me parece que muy pocas ocasiones dejé de mirar al frente. Algo increíble, he visto a mi madre, a bordo de su coche, saludándome a la distancia, qué casualidad haberla encontrado.

Los primeros cinco kilómetros se han ido demasiado rápido. Hemos pasado por un puente, y la gente nos arroja confeti, vituperan y claman con alegría a nuestro paso. De pronto, me he dado cuenta de que el nerviosismo se ha ido, y me convenzo que sencillamente debo hacer lo que he venido haciendo durante los últimos siete meses: correr.

Hemos llegado al segundo abastecimiento. Por primera vez me han recibido gritando: ¡Vamos, Adrián! ¡Vas bien, Adrián! El letrero de mi camiseta está funcionando a la perfección. Levanto mi pulgar en son de triunfo, y como saludo a las personas que me gritan, pues he decidido disfrutar este día.

Hasta ese momento, mi preocupación principal, la lesión de mi tobillo derecho, no ha pasado de ser sólo una preocupación. Espero que todo siga así, aunque apenas nos acercamos al kilómetro diez.
La respiración está bien, las piernas también, mi mente se encuentra tranquila, y hasta ahora, llevo el paso que me había planeado: 6:30 minutos por kilómetro.

La carrera se va yendo rápida, al menos, más de lo que yo esperaba. El tercer abastecimiento se ha quedado atrás. El letrero frontal de mi camiseta sigue funcionando, y el que llevo atrás ya me ha hecho objeto de muchas bromas, e incluso comentarios pícaros.
  Me encuentro a la altura de Río Nasas, y es aquí cuando me encuentro, aunque en sentido contrario, con los competidores que vienen disputándose el primer lugar.

De pronto, he sentido como si la gente se hubiese esfumado. Qué aburrida se ha tornado la avenida Lázaro Cárdenas. Es ahora llegando al kilómetro 18, cuando, mirando hacía mi interior, me doy cuenta que mis piernas sienten un poco de fatiga, y que, después de transcurridas algunas pendientes, el tobillo derecho ha comenzado a reclamar. Solamente espero que resista.

Hemos llegado a San Agustín.
  El tobillo parece difícil ahora de contentar, pero aun soporta el castigo. Bien sé que aun falta lo más difícil; eso ha comenzado a preocuparme.

En el kilómetro veinte todo parece haber cambiado. La gente ha vuelto a aparecer, como por arte de magia. Es ahora cuando escucho la canción “The Eye of the Tiger”. ¡Qué bien! Me mentalicé durante los entrenamientos con esa canción.
  Hay un tipo con micrófono que ha mencionado mi nombre al paso; seguramente tiene las listas de corredores ahí. También ha gritado a través del micrófono: "100% Guapo", el lema de mi blanca camiseta. Lo he saludado a la distancia. De esta zona de abastecimiento me he llevado un trozo de naranja, qué bien se siente en mi boca.

Cumplir con la media Maratón ha sido sencillo. Me siento bien, un poco fatigado, pero bien.

Cuando hemos arribado al kilómetro 25 hay otra agrupación de animadores. A esta altura de la competencia ya me he comido los dos dulces que llevaba en la pequeña bolsa de mi también pequeño pantaloncillo.

¡Caramba! La ruta se ha tornado cuesta arriba y el tobillo, enclenque a estas instancias, se ha vuelto a quejar.
  Malas noticias. Los muslos, ambos, se están acalambrando. ¿Qué está pasando?
  El Maratón se ha tornado hostil y bravío. Hoy que nos hemos encarado me ha seducido con dulces y obsequiosos cantares de doncella, pero al querer alcanzarlo se ha vuelto arisco e insurgente. No estoy dispuesto a abandonar la carrera; no abandonaré.

En mi mente, a estas alturas, existe una disputa ingente, sobre rendirme o continuar, sobre tomar el camión escoba, que recoge corredores fatigados y vencidos, o continuar el vía crucis que esto significa. Mi razón es obtusa ahora, y los calambres en mis piernas son tan inminentes como la salida del sol cada mañana. He acortado el paso, para evitar lo inevitable, para retardar la aparición de las horribles sacudidas de dichos calambres.

Estamos cerca del kilómetro 30. Me encuentro cerca del muro, esa barrera psicológica y física a la que nos enfrentamos los corredores de Maratón. No sé si pueda seguir, el cansancio en mi cuerpo es impresionante.
  Finalmente, he dejado de correr, y mi paso es lento como el de una tortuga. No falta quién me rebasa y me da ánimos de seguir, pero sencillamente mis piernas ya no dan más.
  Un millón de ideas se agolpan en mi cabeza. Pienso en la carrera, en el espantoso dolor que experimento, en la gripa que me aquejó apenas hace un par de días... Le he dicho a Dios que me dé fuerzas y que no me desampare. No han pasado cinco minutos cuando uno de los corredores que me ha rebasado me aconseja que no deje mucho tiempo de correr, pues eso enfriará mis músculos. Al unísono mis piernas han comenzado la marcha nuevamente, más por inercia que por armonía.

Qué dolor tan inmenso. Qué sensación tan repulsiva. Una vez más me he vuelto a detener. El tobillo y los inminentes calambres me obligan a sucumbir, y la mente aun piensa en la idea de dejar esta hazaña para el próximo año.
  Quiero cambiar de actitud, así que le he gritado a Dios. Mi voz ha sido desgarrada e irreconocible, incluso para mí. ¡Ayúdame, Señor!
  He comenzado a pensar cosas distintas. Estoy pensando en lo que me espera al llegar a la meta, en la forma en que festejaré mi triunfo, en lo que comeré por la tarde, e incluso, en el par de cervezas heladas que beberé para celebrar este acontecimiento.

Qué larga es la avenida Lázaro Cárdenas. El sol me da de frente, pero bien me había preparado yo para esto, Jaime me lo había dicho. En cada abastecimiento que paso, la gente me da palabras de aliento, acompañadas por mi nombre, y cuando me ven por detrás, reiteran la frase de mi camiseta. Debo confesar que ya me tienen harto de tanto que me estén gritando, pero sé que todo se debe al dolor que siento.

Allá voy. Me estoy acercando al kilómetro 35. Desde que pasé el 32 estoy pensando en los diez kilómetros que restan. Mil veces he corrido 10 kilómetros y muy pocas veces he fracasado al intentarlo, hoy no es el momento de fallar. Estoy sumamente convencido que no voy a abandonar esta carrera, y aunque tenga que arrastrarme cruzaré la meta.

Siento la fuerza de Dios. En el kilómetro 36 parece que tomo mi segundo aire. Llevo un paso lento, pero constante. No quiero detenerme, siento que si lo hago los calambres brotarán por todo mi cuerpo.

Voy por revolución. El penúltimo abastecimiento me recibe con mucha alegría. Muchos globos, y todos gritan mi nombre, acompañado de frases optimistas. Ya no distingo los rostros de nadie, pero bien veo que me están alentando a continuar. Un trailer ha hecho sonar su bocina, en son de apoyo. Estoy más cerca que nunca. Mi espíritu se ha alimentado después de pasar esta zona de abastecimiento.
  Dios sabe cuánto detesto los dulces de mantequilla. Hoy he comido ya como ocho. Y los he devorado con suma devoción.

He alcanzado a un anciano, y me ha dicho:
- Buen paso. Es un paso inteligente.
- Ahí vamos.- Dije yo.
- ¿Necesitas algo? ¿Agua, dulces, gatorade?- Preguntó con sumo interés, como si viese la agonía misma en el semblante de mi rostro.
- Dulces.- Casi grité.- ¿Trae dulces?
  De su bolsa de canguro sacó unas lunetas. Odio las lunetas, pero las he engullido con tanto frenesí que casi me llevo uno de mis dedos. El anciano me ha dado una palmada en la espalda, y se ha ido con los corredores que vienen atrás de mí. ¡Gracias!

Últimos 2 kilómetros. Estoy convencido que nada puede detenerme ahora. Qué largos has sido los últimos kilómetros, pero poco a poco se han ido consumiendo. El sol cae con aplomo, y mis piernas llevan un paso hipnótico y por demás achacoso.
  Llego al cartel que indica el kilómetro 41 y le he gritado toda clase de improperios. Es una mezcla de felicidad y coraje. Sólo 1 kilómetro más. Un kilómetro lo puedo hacer parado de manos. –Pensé para mí mismo– Éste es el momento para el cual entrené tanto tiempo.
  Ahora pasan por mi cabeza todos los entrenamientos que efectué. Aquellas madrugadas en que me levantaba para ir a correr. Las ocasiones con calor intenso y las otras donde la lluvia era torrencial. Aquellas veces cuando, después del trabajo, con dolor de cabeza o cansancio, me iba a correr porque así lo exigía el entrenamiento. Aquellas sesiones cuando el frío era intenso y apenas podía respirar el dulce aire. Por mi cabeza pasa Alma, mi querida Alma. Ella tenía la idea de que yo llegaría hace casi una hora, ahora ha de encontrarse más que impaciente y nerviosa.


Me encuentro entrando al parque Fundidora, ya todo está dicho, lo voy a lograr. Un ciclista me ofrece un poco de agua, y la he aceptado con mucho gusto. Sin embargo no la he bebido, sino que me la he echado en la cabeza, qué bien se siente el frescor del líquido.
  ¡Y ahí está! Ya puedo ver la meta. La adorada meta se encuentra frente a mis ojos. Pues bien, estoy tomando la recta principal, y tan sólo deben faltar unos 200 ó 300. gracias, Díos mío.
  Las lágrimas han brotado de mis ojos y el gusto es inmenso. Todo lo hice para gozar este momento, éste que no tiene precio ni comparación. Ya puedo ver a Alma, que me filma con la cámara. Levanto mi pulgar en forma de triunfo, pero por dentro me siento destrozado y desmembrado. La gente me comienza a aplaudir, y eso me alienta a continuar. El anunciador, a través de la bocina, menciona mi nombre, y heme aquí, a diez largos y cortos pasos de la meta. Me persigno con tremendo fervor, y, entonces, levanto mis brazos para celebrar mi glorioso triunfo. Lo he logrado. Lo que parecía interminable en el kilómetro 35, ahora ha sucumbido ante mí. Cinco largas horas me tomó batir esta prueba. Cinco largas horas en las que he pensado de todo. Este es mi momento, y este es mi lugar. Mis piernas están deshechas, mis músculos, también los de la parte superior de mi cuerpo, se encuentran tronados enteramente. Jamás había sentido un cansancio así, pero tampoco había experimentado un regocijo semejante. Ahora, estoy pulverizado, reventado y cansado, incluso para pensar en mi hazaña. Estoy absolutamente maltratado, y mis piernas tiemblan sin parar. Fue una prueba muy difícil y muy inclemente, pero Dios, este día, derramó sobre mí una voluntad tan inquebrantable como el acero, la testarudez de una mula de carga, y la bravura de un héroe homérico. Sólo Díos me habría impedido cruzar la meta esta mañana. me da gusto que no lo haya querido así.

Ya no puedo más.

Algunas personas me siguen aplaudiendo, una vez que he superado la meta, pero ya ni siquiera recuerdo sus palabras. Un tipo me ha detenido, y no sé qué quiere. Se ha agachado para quitar el chip de mi zapatilla izquierda. Unos pasos más adelante me dan mi camiseta, mi medalla, comida, bebida, pero sólo hay una cosa en mi mente. ¿Dónde está Alma? Me regreso a buscarla, y finalmente, escucho que ella me llama. Me ha besado en los labios, y me ha preguntado cómo me siento. Mi narración es tan clara que no es necesario que escriba lo que le respondí. Pero puedo ver en sus ojos que se siente sumamente contenta, se percibe la alegría a través de sus facciones. Ambos luchamos para disfrutar este momento, y entiendo perfectamente que se sienta contenta, la inmensa dicha que experimento ahora no cabe en mi adolorido cuerpo.
  Me he sentado en el pasto, me he quitado las zapatillas, y siento que todo mi cuerpo sufre de calambres. Estoy tan contento que incluso a ellos quiero disfrutarlos.
  Le echo un vistazo a la medalla que me han dado. Cuánto la voy a querer. Me costo mucho obtenerla. La colgaré en una de las paredes de mi habitación. Por lo pronto, me dedicaré a comer lo que me obsequiaron, me muero de hambre.
  Sé que después de este momento tengo una visión distinta de la prueba, incluso de mí mismo. Creo que ha sido un parte aguas. Todo ha valido la pena. Me he demostrado que puedo ser tan caprichoso como el que más.
  Una vez que haya terminado mis alimentos, volveremos a casa, y seguramente compraremos más comida, unas cervezas, y dormiré como piedra, eso si los dolores en mis miembros no lo impiden.

Ha sido una experiencia increíble, imposible de captar en letras. Sólo puedo decir que deseo volver a hacerlo, y que me siento el hombre más feliz de la tierra.
  Lo único que me preocupa ahora es que Alma estacionó el coche muy lejos, e iremos caminando hasta él.


Entrenamiento de Jesús Adrián Obregón Rodríguez.







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