42.195, no es el cupón premiado de los ciegos, ni el gordo de la Lotería de Navidad, es la distancia en metros que separa a los maratonianos de la gloria.

Cuando te pones en la línea de salida del maratón, se te pasan por la cabeza muchas cosas, sobre todo si los tres años anteriores has pinchado, teniendo incluso que abandonar y además doce horas antes tienes un ensayo de costalero llegando a casa de madrugada.

El frío me hizo cambiar de costumbre, cambié las calzonas cortas y la camiseta de tirantas por mallas largas y camiseta de invierno. Al principio dudé, pero más tarde me di cuenta que había acertado.

Este año tenía compañeros nuevos de aventura: Juanmi, un “jartible” de las carreras, José Ignacio, Juan Antonio y Paco. Estos tres, novatos en el maratón, de hecho ninguno de los tres llevaba mucho tiempo corriendo, apenas un par de medias maratones.

Decidimos entre los cinco ir toda la carrera juntos, lo que conllevaba ir a un ritmo más bajo que lo acostumbrado, entre 5:10 y 5:20, para entrar en el estadio juntos. Juanmi y yo, con más experiencia que el resto, íbamos con “el freno de mano puesto”, cada vez que nos distanciábamos unos metros enseguida nos “tiraban de las riendas” para que bajásemos el ritmo. El ir por debajo de nuestro ritmo de maratón hizo que no sufriéramos en exceso y pasáramos el “muro” casi sin darnos cuenta y llegar a los últimos kilómetros sin grandes molestias.

La carrera iba transcurriendo más o menos bien, cada vez nos decían más veces que bajásemos el ritmo, lo que hizo que se me empezaran a cargar los gemelos, pero en el kilómetro 35, en otro acelerón, nos fuimos hacia adelante dejando definitivamente atrás a los tres compañeros. Desde aquí hasta la meta ha sido el año que más he disfrutado del maratón, ya tenía ganas de terminar uno medianamente bien.

La entrada en meta fue escalofriante, sentía una sensación de felicidad enorme, mezclada con el agotamiento y el dolor de mi cuerpo. Seis minutos más tarde llegaban a la meta José Ignacio y Juan Antonio, y un minuto después lo hacía Paco. El abrazo que nos dimos fue impresionante y, como siempre, alguna que otra lágrima de alegría apareciendo en los rostros cansados. Se mezclaban las caras de agotamiento y felicidad al mismo tiempo. Deber cumplido.

Hoy empieza la espera para el maratón de 2011. Ya queda menos.


Joaquín Burgos Lagoa. Maratón de Sevilla 2010.
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