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Mis primeros 10 km por la Sierra Norte de Madrid

Tengo que reconocer que soy un corredor fundamentalmente urbanito: me gusta el asfalto y trabajar siempre la misma ruta para tener un mayor control de mis registros y no añadir variables externas a los mismos. Por eso, cuando unos amigos me invitaron a pasar unos cuantos días a Bustarviejo, un pequeño pueblo de la Sierra Norte de Madrid, decidí tomármelo como un descanso en mis rutinas diarias y dejar las zapatillas en casa.


Bustarviejo. Sierra Norte de Madrid

Al día siguiente uno de mis amigos me propuso hacer una de las múltiples rutas de naturaleza que propone el Ayuntamiento en su página. Llevaba un calzado que se adaptaba razonablemente bien a las pistas de tierra y roca por las que íbamos a transitar, así que acepté gustoso la oferta y salimos a la montaña.


Al comenzar la ruta activé el GPS para hacer un registro de la sesión y me puse los cascos, a lo que mi compañero reaccionó con una sonrisa. “No creo que el recorrido que vamos a hacer se preste a ese tipo de control”. Y tenía toda la razón, dejamos a un lado la competitividad y la tecnología, y disfrutamos de las montaññas, solo acompañado por el olor de las jaras y el canto de los pájaros, conectando con el sentido primordial del deporte.


Comenzamos el trayecto pasando por el Puente de la Mina, una construcción civil del siglo XIX que fue construida para evitar el Arroyo del Valle. A los pocos metros comenzamos a avanzar en dirección noroeste, con el Collado Cerrado y el Maragil, imponentes, al frente. A los lados, unos caballos pastaban ajenos a nuestro trote en los prados de la zona. Donde normalmente estaría preocupado por mis pulsaciones y el tiempo medio por kilómetro, me encontré abandonado a la contemplación de unos pequeños manzanos y buscando alguno de los corzos que me habían dicho que nos podríamos encontrar en nuestro trayecto.


Poco a poco, la pendiente iba ganando en intensidad, lo que unido a lo irregular del terreno hizo que rebajásemos la zancada. La vista de Valle Hermoso, con varios macizos montañosos a lo lejos ayudó a reducir todavía más el ritmo, mientras íbamos cruzando los pequeños arroyos que nos encontrábamos por el camino. Los robles comenzaban a ganar presencia, hasta que sin apenas darnos cuenta nos vimos totalmente rodeados por un bosque frondoso y algo oscuro pese a lo despejado del día.


Tras superar un par de arroyos má cruzamos una reja para el ganado y seguimos entregados a los robles, zarzales y musgos que teñían nuestra ruta con una variedad infinita de tonos de verde. Superada la mitad de nuestro recorrido, ahora nos encontrábamos en la parte baja del valle, rodeados de pastos y con una temperatura mucho más agradable. Volvimos a incrementar un poco el ritmo aprovechando la comodidad de un terreno ya más uniforme, y disfrutando de nuevo del olor de las jaras como compañía. A lo lejos divisábamos de nuevo el retén que nos había servido de punto de partida, pero ahora nos desviamos para acabar en la Fuente del Collado y recuperar parte de los líquidos perdidos durante el trayecto.


Decidimos alargar un poco nuestra salida volviendo al pueblo por el arcén de la carretera, lo que añadió otro par de kilómetros más a nuestra salida, hasta superar ligeramente los diez cuando llegamos a la Plaza Mayor. Sin tiempos, sin estadísticas, sin una equipación hipertecnificada, esta sencilla ruta me hizo abrir los ojos a nuevas formas de disfrutar de una afición que se había convertido en un reto constante contra mí mismo.
Ahora, cuando salgo a correr por mi ruta urbana habitual, a veces me veo de nuevo acompañado por la naturaleza de una sierra y me olvido de la velocidad media, del número de pasos por kilómetro y de mi intervalo de pulsaciones óptimo... aunque sólo sea por unos instantes.